El manantial emplumado

conservaciónEn el Santuario El Manantial, en Aranjuez de Puntarenas, se llama a las lapas por su nombre –ara macao y ara ambigua–, no para que ellas entiendan, sino para que lo haga el resto: que las lapas no son adornos ni trofeos ni mascotas, sino animales libres

Fotografías: Gloriana Jiménez

Rodolfo Orozco arruga la cara cuando oye hablar de zoológicos, pero en octubre anterior el Minae le dio una noticia: él acababa de convertirse en el administrador de uno.

Este ministerio estuvo de acuerdo en que el Santuario de Lapas El Manantial pasara de la categoría de zoocriadero a la de zoológico. Fue una buena noticia para Rodolfo, pero especialmente para las lapas. Semejante paso evolutivo permitiría las visitas al Santuario, captar nuevos recursos y ampliar los programas de educación ambiental. Además, Rodolfo no tenía que renunciar a su desprecio por la explotación comercial de animales silvestres, así que no le quedó más remedio que sonreír y consolarse con los beneficios.

“El nuestro es un objetivo científico”, explica Rodolfo, programador y diseñador gráfico reconvertido en biólogo y naturalista empírico. “El Manantial es un proyecto de conservación más que un zoológico. Ahora somos un zoológico con todas las características del antizoológico. Tenemos esa figura legal pero con nuestra filosofía. Hacemos investigación para obtener resultados que aporten conocimiento y mejoras para la especie, y evitar que las lapas se extingan”.

Rodolfo habla de los animales con la naturalidad de un investigador y la familiaridad de un pariente. Los ama a todos pero los prefiere tan animales como sea posible, es decir, tan salvajes, ordinarios, ariscos y desprovistos de modales como se pueda, por su propio bien.

“Me aterra saber que un animal tenga que vivir toda la vida en cautiverio”, comenta.

Sucede que los animales en cautiverio se atrofian muy fácilmente y pierden sus instintos. Aquellos que se “humanizan”, difícilmente pueden reincorporarse a su medio original y, por lo tanto, se desconectan de la trama de la Naturaleza. Y, al menos en el Santuario de Lapas El Manantial, la idea es que las lapas aprendan a ser animales silvestres y no mascotas. Ahí se reproducen con el único objetivo de que, aquellas que puedan sobrellevarla, recuperen su libertad. Es lo que debería suceder cuando la ciencia sustituye a la depredación.

“En cautiverio pierden todas sus funciones silvestres”, señala Rodolfo, quien cumple las tareas de gerente de operaciones, administrador, peón, veterinario y psicólogo de sus animales.

“Pierden incluso sus funciones físicas, como volar, planear y aterrizar. Todas estas facultades las aprenden con sus padres y por eso para nosotros la mejor forma de entrenarlos es que convivan con los de su misma especie, en recintos apropiados, y que lleven una dieta de semillas silvestres… Para copiar, en la medida de lo posible, su ecosistema”.

El origen del Santuario de Lapas El Manantial se remonta 15 años atrás hasta unos terrenos áridos y descampados en Aranjuez de Puntarenas. Rodolfo y el astrólogo Mainor Khayyan pusieron la primera piedra en un paisaje en el que sobraban obstáculos. Sin embargo, en cuestión de una década, convirtieron la tierra reseca en una frondosa propiedad de 15 hectáreas, 10 de ellas cuidadosamente reforestadas con guayabos, almendros, palmas, ceibos… Hoy habitan el Santuario más de 350 aves, y un número cada vez mayor de mamíferos, para un total de 520 animales.

En un inicio, su mayor interés eran las lapas, colaborar en la recuperación de las diezmadas poblaciones de lapa verde (ara ambigua) y lapa roja (ara macao), que hasta hace algunas décadas sobrevolaban el 80 por ciento del territorio costarricense, al menos las rojas. Para lograrlo, Rodolfo y Mainor no estaban en el mejor de los escenarios, porque ninguno era millonario ni biólogo y su mayor capital consistía en cuatro guacamayas –dos rojas y dos verdes– pero simplemente no se dieron por vencidos, y continuaron.

“Esto es una cosa mágica que uno no puede evitar”, dice Rodolfo, por toda explicación.

En el camino todo se fue mezclando, hasta que sentimientos, experiencias y conocimientos formaron un bloque incorruptible de pasión, compromiso, entrega, rebeldía, lucidez, perfeccionismo y orgullo. Actualmente, trabajan siete personas a tiempo completo y una red de voluntarios.

“Aquí, todos tienen sensibilidad hacia la Naturaleza. Es como una droga: si ellos están bien, nosotros estamos igual”, agrega, señalando a los animales.

(Una estudiante de Enfermería en Bienestar Animal, de la Universidad Técnica Nacional, medica a un polluelo con asistencia de Rodolfo)

El Liceo Rural Aranjuez ostenta un par de lapas en su escudo y, al menos dos veces al año, los escolares de la comunidad celebran efemérides en el Santuario, precisamente para que estén obligados a visitarlo. Muchos jóvenes del lugar que reciben entrenamiento sobre conservación y biodiversidad, más tarde se convierten en guías. Algunas señoras de Aranjuez trabajan desde hace años en el comedor del refugio. El Manantial es parte de la vida cotidiana del pueblo, por tierra y por aire.

“Sin la participación de la comunidad, estas lapas no podrían andar libres”, dice Rodolfo, como quien comenta una obviedad. “No podemos andar detrás de ellas en 20 kilómetros a la redonda. Esto solo se logra con educación ambiental. Actualmente hay unas 80 lapas en libertad que, a lo largo de 15 años, han pasado un proceso de readaptación a su medio, pero todas tienen un anillo: sellado (si nació en cautiverio) o abierto (si fue un animal decomisado). Los vecinos las protegen y no las alimentan”.

Este último punto, Rodolfo lo explica con énfasis: uno de los principales depredadores de las lapas son los humanos. Si ellas, una vez en libertad, no le temen a la cercanía del hombre, serán fácilmente capturadas y todo habrá sido en vano. Por eso, si llegaran a comportarse como mascotas, deberán volver a su jaula a rehabilitarse –de hecho, algunas jamás la abandonan– a la que Rodolfo llama la “universidad”.

Poco a poco, El Manantial empezó a llenarse de inquilinos. No solo lograron reproducir las especies con el propósito de liberarlas, sino que comenzaron a recibir solicitudes de hospedaje para otros animales. Poco a poco, funcionarios del Minae y particulares empezaron a llegar hasta Aranjuez de Puntarenas con tapires, jaguares, monos, dantas, perezosos, tucanes, cacatúas y, por supuesto, guacamayas. Cada vez con más frecuencia.

El Manantial se convirtió en un hotel de paso con vocación de orfanato. Algunos llegaron cachorros o pichones y otros no, pero en todos los casos encontraron lo mismo que las lapas, –“refugio y protección”–, y algunos incluso empezaron a reproducirse, como las dantas. Sin embargo, por desgracia, no todos los animales corrieron con la misma suerte.

El pasado jueves 8 de enero, tarde en la noche, funcionarios del Minae llegaron hasta el Santuario cargando un mono congo aullador. El monito no solo estaba lesionado sino que había sido prácticamente descuartizado, probablemente por varios perros, según el tipo y tamaño de sus heridas. Lo peor de todo es que no había sido un accidente; lo peor de todo es que seguía vivo. Tenía la cara destrozada, el rabo cortado en tres partes, dedos amputados y una fractura expuesta en el hombro.

Todos corrieron para tratar de aliviar el sufrimiento del monito y salvarle la vida, pero ya era tarde. Las heridas no eran recientes y había que amputar el brazo a causa de la infección, que de todos modos se había extendido por el sistema sin control. Rodolfo lo recuerda como una auténtica tragedia. En ese momento no había tiempo para preguntarse quién sería capaz de hacer algo así, sin embargo, ahora sí.

El camino de grava, debidamente marcado para distinguirlo de la zona enzacatada y del lindero de los grandes árboles, recorre el 40 por ciento de la finca y bordea enormes jaulas sinuosas donde decenas de lapas cuelgan de las ramas y extienden sus enormes alas o preparan sus nidos. Algunas caminan por el suelo como si tuvieran anchas caderas, altos tacones y grandes aptitudes peatonales.

La labor de los guías es, entre otras, inhibir el comportamiento deficiente del humano ante el espectáculo de las lapas, porque no hay que alimentarlas y, por supuesto, tampoco hablarles, por más simpáticas que parezcan. Rodolfo insiste: no son mascotas, no tienen nombre y mantenerlas a distancia es una forma de protegerlas.

En El Manantial también las cuidan porque son bellas, pero la verdad es que no formarían parte de ningún ecosistema únicamente por su apariencia, ni tampoco por su conmovedora monogamia. A las lapas se las protege porque se las necesita, ya que tienen una función en la Naturaleza.

“Son dispersoras y destructoras de semillas y mantienen un balance de la población de árboles, son bioindicadores de qué tan saludable está el bosque y forman parte de la cadena alimenticia”, explica Rodolfo.

“Ellas participan de una simbiosis maravillosa. Botan los pedazos de semillas para que otros animales en el sotobosque se coman los sobros, como tepezcuintes, guatusas, dantas, otras aves y otros roedores…”

Sibu y Bribri son dos dantas, macho y hembra, que no se conocían hasta que fueron a dar al Santuario cuando aún eran bebés de meses, ambos huérfanos, desnutridos y deshidratados.

Sibu fue el primero en llegar, hace unos 5 años. Se cree que nació en Guanacaste, pero no hay referencias exactas. Habían asesinado a su madre, posiblemente para comérsela, y se llevaron a la cría para la casa, posiblemente con la idea de alimentarla para después darle el mismo fin. En ese trayecto, alguien denunció a los cazadores. Bribri tenía un pasado parecido. Cuando se conocieron, se cayeron bien y siguieron sus impulsos naturales: reproducirse.

“Animales como estos ya no se pueden reinsertar a su medio original”, explica Rodolfo. “Al llegar muy jóvenes, hay que amamantarlos con biberón y entonces eso va creando una conexión y una dependencia con el ser humano que los cuida. El cautiverio los priva de muchas destrezas que adquieren con sus congéneres, como la búsqueda de alimento o el estar siempre activo al peligro, al depredador. En cautiverio hay comida todos los días, se vuelven animales domésticos inevitablemente y para el cuidador, lo mejor es que estos animales sean amistosos. En este caso, mientras más improntado esté, es mejor para nosotros. Son animales muy imponentes y nos pueden romper un brazo… ¿Te imaginás a la hora de inyectarlo? Si existe un objetivo claro y bien definido, se pueden reproducir en cautiverio y que sus crías formen parte de un programa de reinserción, como es su caso. De ellos han salido dos, con una gran posibilidad de ser liberadas. Estas crías no tienen el toque humano”.

La historia de Sibu y Bribri también es un buen ejemplo para explicar cómo funcionan los zoológicos tradicionales y la crueldad del mercado negro de animales silvestres.

El concepto tradicional de zoológico es el del comercio de animales para su exhibición. Esto significa que no trabajan con su biodiversidad sino que importan animales de otros lugares, poniendo en riesgo a los mismos animales con la introducción de especies foráneas.

“No creo que tengamos que importar osos polares o jirafas. Es imperdonable que a los animales se les extraiga de su hábitat para venderlos”, dice Rodolfo. “El mercado negro es tan amplio, que cientos de animales exóticos terminan en nuestro país. Cuando son decomisados, alguien los tiene que cuidar, porque también son seres que necesitan abrigo, protección y cuidado veterinario. Sienten frío y sienten dolor, y no se pueden desamparar, porque además pueden perjudicar el ecosistema. Son una carga porque no se pueden liberar ni se pueden devolver a sus entornos originales, pero lo cierto es que se les cuida con mucha pasión”.

“Quien trabaja con animales no diferencia si tienen pelos o tienen plumas”.

Las palabras de Rodolfo y la filosofía de El Manantial es compartida por muchos conservacionistas y científicos alrededor del mundo. Su lema es que no se debe apoyar el mercado de mascotas exóticas y mucho menos la importación de animales ajenos al contexto natural para su exhibición como por ejemplo, en el caso de Costa Rica, osos polares o jirafas.

“Aunque no es que esté totalmente en contra de los zoológicos, si son bien manejados, o si las entradas económicas se reflejan en el bienestar del animal”, matiza Orozco. “Hay animales que definitivamente no se pueden liberar y que pueden convertirse en embajadores de su propia especie, para que su historia no vuelva a repetirse y, al mismo tiempo, inspire y eduque a las nuevas generaciones. Lo ideal, siempre, es que los animales estén en el bosque o en la selva o en su ecosistema original”.

(Cristal es una hembra ocelote que llegó al refugio hace 4 años, producto de un decomiso del Minae en Esparza. Era la mascota de alguien que, un día, se aburrió de cuidarla y, posiblemente, de alimentarla. Al verse libre, no supo qué hacer. No le temía al ser humano. Cuando sintió hambre, buscó comida en el gallinero de una casa. El campesino, para proteger a sus animales domésticos, hirió gravemente al animalito. Esta “mascotización” condena a los animales silvestres a vivir en cautiverio toda su vida, y muchos con lesiones físicas importantes. A Cristal le falta un ojo y es prácticamente ciega del otro. Ella es muy temerosa y no está a la vista del público).