El Mineirao fue territorio tico

Belo Horizonte, Brasil.

Entro al Mineirao y su imponente estructura hace que todo parezca más pequeño de lo que realmente es. Del otro extremo del gigantesco estadio provienen los gritos de una encendida afición que, con todo perdido, vocifera como si pudiera ganar en este partido algo más que pudor: "England, England!"


En número no parecen ser más que los ticos que estamos acá, a pocos metros de La Sele y ansiosos del pitazo inicial. No es para menos. Cuando la bola empieza a rodar, la barra que apoya a Costa Rica se desata, crece, se impone, se hace escuchar. En el Mineirao todo parece más pequeño de lo que realmentes es.

En las graderías como en la cancha, este estadio brasileño se transforma en territorio tico. Durante 90 minutos, no se dejan de escuchar cánticos como el "olé, olé, olé, ticooos, ticooos" y el "vamos ticos que esta tarde tenemos que ganar". Lo emocionante no es escucharlos, sino darse cuenta que esas voces de apoyo no salen sólo de gargantas costarricenses.

La tarde de este martes 24 de junio, los torçedores -aficionados en portugués- que acompañan a La Sele son mayoritariamente brasileños o de otras nacionalidades distintas a la costarricense.

Todos son una sola afición. Ensordecedora. Solidaria. Los locales, tan devotos del fútbol como de la cerveza, comparten sus rubias con los ticos. Los más preparados, incluso, hasta los convidan a una feijoada (comida tradicional brasileña hecha a base de frijoles).

El partido no tuvo goles, pero la emoción se alimenta de otros triunfos: Costa Rica se enfila a terminar la primera fase de este mundial -y la de cualquiera en el que ha participado- como líder de su grupo, cuando todos los "expertos" la daban por muerta antes de que tocara gramilla.

Se acerca el pitazo final. Ahora ya no se oye el "England, England!". La gran barra roja grita "eliminados, eliminados". Se acaba el partido. Locura total.

En las graderías, la complicidad de ticos y brasileños sigue viva. No se acaba ni se rompe todavía. La emoción va a reventar este estadio. Para la afición, esto apenas empieza.

Un brasileño me pide intercambiar mi camiseta de La Sele por una de Neymar, el astro de la verde-amarela. Al principio me niego, pero accedo luego de que me insiste con un argumento irrefutable: en Brasil es imposible conseguir una de Costa Rica. Y hoy, en la cuna del Jogo Bonito, todos quieren La Roja de La Sele. Salgo del estadio convencido de que, cuando se trata de mi país, en el Mineirao las cosas son tan grandes como parecen.