Guadalajara

Fotografías y videos: Jose Díaz

La verdad es que Graciela Rodríguez Hernández no existe. Ese nombre, escrito en una cédula de identidad, no corresponde a ningún abonado. En la vida real, la que existe es Chelita, como la llaman quienes la conocen e incluso quienes acaban de conocerla.

Tímida, prudente, risueña, servicial, bonita, pulcra, humilde, hacendosa, agradecida. La misma persona para quienes ya la conocen, así como para quienes acaban de conocerla.

Más que los modales de su carácter, los diminutivos son para Chelita una forma de suavizar la existencia, especialmente aquellos episodios que, narrados de otra forma, parecerían designios irrevocables.

“En mi pueblito, yo trabajaba en las casitas, como desde los nueve años”, cuenta. “Mis primeros suelditos eran una tapita de dulce, una botellita de leche, un taquito de jabón”.

Se acomoda para hablar en una de las sillas ejecutivas que rodean la mesa, en la pequeña sala de sesiones que pidió prestada para nuestra cita.

En las manos lleva una agenda y, en esa agenda, una hoja suelta en la que anotó una larga lista de experiencias esenciales. “Nacimiento por un gran golpe”. “La muerte de mi mamá”. “Encargada de suministros, cafetería y limpieza”. “Café a seis expresidentes de la República y a la Presidenta Laura Chinchilla”.

Chelita, 51 años, anda jeans, camiseta blanca con cuello y unos zapatos cafés de tacón bajo, inmaculados.

Como todos los días, hoy se levantó antes de las cinco de la mañana para llegar al trabajo con ventaja.

Llamémosle “ventaja” al hecho de llegar a su destino con una hora de antelación. Su puntualidad es un rasgo difícil de diagnosticar, tal vez una inusual patología entre la precaución y la obediencia.

“Siempre fui madrugona”, se justifica.

Chelita es de las pocas personas en el mundo que podrían señalar en un mapa de Costa Rica, sin titubeos, la ubicación de un pueblito llamado Guadalajara de Buenos Aires de Puntarenas.

También es de las pocas que podrían contar, por experiencia propia, que hace 30 años allí no había autobuses ni luz eléctrica, que los niños venían al mundo de la mano de las comadronas y que la pequeña comunidad de labriegos sencillos, perdida entre ríos y montañas, subsistía gracias a la agricultura, el ganado y los esfuerzos descomunales de los campesinos por sacar adelante sus cosechas, especialmente las de café, hijos y frijoles.

En medio de un vecindario de caseríos minúsculos, que parecían salidos de un santoral y no de un libro de Estudios Sociales (Santa Rosa, Santa María, San Rafael, Santa Marta…), lo único que diferenciaba a Guadalajara era su nombre.

“Los quince los cumplí en una casa donde hacía oficitos, allá en Guadalajara”, recuerda.

Antes de perder los dientes de leche, Chelita ya sabía cuidar cultivos y hermanos menores. Más tarde, sin dejar de ir a la escuela, empezó a trabajar como empleada doméstica en las casas vecinas, para ayudar a la economía familiar.

“Nada más llegaba de la escuela y me cambiaba el uniforme”.

Cuando salió de sexto, ya dormía en el trabajo y visitaba su casa cada 15 días. Aún así, alcanzó tercer año de colegio. Ella piensa que tal vez habría seguido estudiando, pero tuvo un inconveniente: se enamoró de un tonto que le propuso un negocio 'sensacional'. Ignorancia a cambio de sufrimiento.

“Ese novio me dijo: Si usted se va del trabajo y el colegio, yo me caso con usted. Y como yo lo quería tanto, le hice caso y me fui para donde mis papás”, cuenta. “Siendo mi novio se juntó con una señora que tenía dos chiquitos. Él jura que le hicieron algo, como brujería, pero eso no existe. Él se enamoró porque con ella tuvo sexo y conmigo nunca en la vida. No me convenía, no me convenía”.

Chelita decidió que lo mejor para ella era alejarse de su pueblo y que la única forma de hacerlo era recurriendo a la experiencia laboral que ya tenía.

“Pasé a trabajar a San José, cuando mi primito, José Joaquín Solís Rodríguez, quedó de diputado en el primer gobierno de don Óscar Arias”, narra.

Como empleada doméstica, Chelita vivió en diferentes domicilios y países, de parientes y desconocidos, en un itinerario laboral que la llevó cada vez más lejos: Buenos Aires de Puntarenas, Esparza, San José, Bolivia, San Salvador. Clausuró esa parte de su vida cuando consiguió su primer trabajo en una oficina, en 1992. Por esas fechas, también conoció a Joaquincito.

“¿Mi profesión? Miscelánea. Me gusta mucho este trabajito. Lo adoro por sobre todas las cosas”.

Lo dice con la voz agitada por la emoción, con lágrimas en la garganta.

Chelita tiene 21 años de trabajar en el mismo edificio, cerca del Hospital México, donde estuvo la extinta Aero Costa Rica y hoy Central de Radios.

Entre sus obligaciones diarias están limpiar las oficinas del tercer piso (“el piso de la Presidencia”), barrer escaleras, desinfectar baños, preparar tés y cafés para los invitados de los programas radiales, contestar la central telefónica cuando almuerzan secretaria y recepcionista, y a veces, entrenar a las recién llegadas.

Se sabe de memoria la programación de las emisoras; el gusto de sus jefes; el inventario de los desinfectantes.

–Ayudo en todo, menos tocar una computadora. Sólo para limpiarla.

–¿Cómo? ¿Y por qué?

– No quiero. No quiero la computadora ni el celular.

–¿Nunca, ni por curiosidad?

–Nunca. Soy feliz así. No quiero distraerme con eso.

"El día que pongan la escoba o el gancho con computadora, ese día me retiro".

“Qué lindo que fuera libre. Eso dije apenas lo vi”, cuenta Chelita.

Y Joaquincito lo era, pero ella no se convenció fácilmente ni se dejó llevar por la emoción de las primeras citas. Ni en los primeros meses ni en los primeros años. Antes de dar el sí definitivo, decidió esperar un tiempo prudencial. Pasaron 11 años.

“Es que yo tenía como un trauma”, dice. “De jovencita, todos los novios que me salían eran casados. Qué tuerce más grande. Gracias a dios nunca me pasó algo de lamentar”.

Cuando ya estaba decidida, Chelita tampoco quiso apurar la boda. “En parte porque quería realizar tres sueños”, confiesa. “Repartir 225 invitaciones, porque yo quería mi boda estilo turno. Hacer un agregadito en la casita de él, para no tocarle nada a su mamá. Y el otro sueño, regalarle a Joaquincito la luna de miel en la isla San Andrés”.

Su lista de bodas fue lo que, justamente, pospuso la boda otros dos años. “Por eso me esperé, porque yo ahorraba todo el sueldito, pero los tres sueños los cumplí”.

–¿Y por qué le decís 'Joaquincito'?

–No me hallo de decirle “Joaquín”. Lo siento como un extraño.

Chelita está convencida de que no se equivocó, pues no hay mayor bondad, mayor generosidad ni mayor nobleza que la de su marido.

Joaquincito no me deja comprar ni una bolsa de sal”, asegura, como prueba irrefutable de todas sus cualidades. “En 11 años de noviazgo nunca discutimos y nunca peleamos. Y ahora, después de 9 años de casada, peor".


“Todo el mundo dice que el matrimonio es difícil y yo, gracias a Dios, no veo cuál es la parte difícil”.

La biografía de Chelita es uno de los detalles íntimos de Guadalajara, su pueblo natal, un lugar del que no hubo una sola noticia importante en los últimos 500 años.

Aunque vive felizmente casada con Joaquincito en una de las zonas más golpeadas de la capital –Lomas del Río, Finca San Juan, en Pavas–, asegura llevar una vida tranquila, sencilla y pacífica. Claro está que, después de 30 años de haberse ido, visita Guadalajara cada vez que puede. No podría ser de otra manera.

Toda su familia sigue ahí, sobre la tierra o debajo de ella.