Hasta Sámara por vitamina D

#crónica​Miles de costarricenses abandonan sus hogares durante el fin de año buscando el calor de las playas. Un viaje en autobús ilustra el espíritu que los anima

La estación está repleta y ya no hay boletos. Son las 11:45 a.m y el bus sale a las 11:45 a.m. Una extraña circunstancia llamada previsión hizo que yo comprara el mío antier, pero estoy tan desacostumbrada a los métodos de planificación familiar que lo que tengo es miedo de agarrar el bus y no de perderlo.

Optimista como siempre, pienso que la verdadera precaución consiste en observar atentamente a quienes hacen la fila conmigo, porque en caso de que tuviéramos un accidente y este fuera nuestro último viaje, moriríamos todos entre desconocidos, aunque ligados para siempre en ese desenlace retorcido y fatal. Reflexiono en busca del sentido trascendente de esa hipótesis: "Juntos y desconocidos".

Hago un par de fotos para inmortalizar los minutos previos a nuestra insospechada partida de este mundo. Quisiera encontrar cuanto antes una señal de Lo Sublime y Lo Contingente, pero me interrumpe la voz sudorosa de una vieja que viene jodiendo detrás mío: "No atrase mamita".

Los viajeros tienen cara de estar jugando tiempos extras. Entre agotados y descoloridos, predominan las féminas igualmente percudidas. Suben al bus una por una. Casi todas, extranjeras y ticas, tienen un semblante de horario de oficina tirando a verdoso... un auténtico caso de trata de blancas. Todas tienen la carne requerida, pero ninguna el color.

En general, los excursionistas portan las insignias de la batalla que están a punto de emprender...

El bus de Sámara abandona San José por calles laterales que generalmente solo funcionan como alivio sicológico, pues nos regalan el espejismo de que hay escapatoria a las presas, cuando en verdad no la hay. Sin embargo, hoy es diferente y hasta el smog urbano tiene un nuevo aire.

Con el fin de año viene el verdadero milagro de la Navidad: una ciudad vacía de carros y de gente. Así son las cosas. Huímos de la capital cuando, por primera vez en todo el año, valdría la pena quedarse.

Un olor escolar invade el bus apenas se pone en marcha. Con la activación del motor estallan sucesivas explosiones de aire comprimido, seguidas de un crujido naturalmente sintético. Sólo falta que alguien lo deje por escrito: Los habitantes de este bus son patrocinados por alimentos jack's.

Una calcomanía con un protocolo informativo es de lo poco original que le queda a esta unidad, no totalmente saqueada por el uso. Sus tres líneas argumentales carecen de lógica y sintaxis, pero este tipo de mandamientos nunca deben confundirse con literatura: "Prohibido hablar al conductor. Capacidad 59. Prohibido fumar".

Las cortinillas azules de las ventanas se inflaman con el viento conforme avanzamos, como si el bus fuera un velero arrastrado por el asfalto. Los que pueden, y sin dejar de estar sentados, recuestan sus extremidades en el borde del agujero, entre las telas y la ráfaga del exterior. Los excursionistas adoptan las posiciones más insospechadas en sus respectivos asientos mientras leen, duermen, convesan o juegan con el celular. Avistamientos de contorsionismo ciudadano también suelen apreciarse en Semana Santa y algunas épocas del año, pero no muchas más.

Mis vecinas de asiento son tres amigas que tienen como 20 años, entre las tres. Deben ser mayores de edad, aunque no tan grandes como para evitar que la mamá les empaque la merienda del viaje. Sánguches de berenjena, yogur natural, manzanas, bizcochos sin gluten. Ese tipo de dieta; ese tipo de mamá. Agua.

Tras dos horas de viaje, el bus entra de culo en un garaje del restautante Tabaris. This is Esparza.

Sopla un viento rico, pero incapaz de aplacar la sed ni saciar el hambre. Para eso son estos 15 minutos de asueto.

Poco a poco atravesamos todas las llanuras y todas las bajuras de la geografía entre San José y esta ansiada salida al Pacífico. Después de Chomes, el bus se pierde en un sueño intermitente de varios kilómetros, cruzando pueblos que no son pueblos sino potreros con cuneta, pequeños caseríos, pastizales, piñales, puentes y repentinos jardines.

Durante el trayecto, el mayor entretenimiento es dormir sin tener sueño, que es aún peor que comer sin tener hambre, que es la otra opción después de dormir.

Las chicas de mi barrio lucen atuendos multicolores y grandes anteojos para el sol y la lectura. Se ríen por cualquier cosa y entre sí se hablan de "mae". Llevan el vestido de baño debajo de la ropa, hablan de la posibilidad de "agregar" a fulano y a mengano y sus enormes pies denudos conservan algo virginal. Se ríen y se ríen hasta perder el aliento, como si su risa fuera el pago anticipado de algo que necesitan obtener con urgencia.

Experimentar el campo como ciudad es mucho mejor que experimentar la ciudad como campo. Es una conclusión predecible después de ver por la ventana largo rato sin pestañear. En el primer caso, se trata de urbanizar un bananal instalando una aguja de ingreso. En el segundo, de ir a la feria orgánica antes de encerrarse en el condominio el resto de la semana. Quizá sería más fácil recuperar el tejido social conociendo a los vecinos, o sencillamente yendo al automercado de vez en cuando y sosteniendo un par de charlas en la sección de abarrotes.

Una luz amarilla cae sobre Nicoya como si alguien la chorreara directamente con una manguera. En el bus solo distingo murmullos en idioma nativo. Viajan algunos extranjeros, pero no son mayoría. Afuera distingo gallinas picoteando las lomas y una bandera del Frente Amplio en un palenque desolado. El trayecto es exactamente así: una serie de caminos interminables que vadean hectáreas de polvazales y territorios que uno no sabe cómo podrían beneficiar a sus propietarios, y mucho menos a alguien más.

De pronto bajamos una loma y ya estamos en Sámara. "Sámara", repite el chofer, arrebatándonos el pensamiento de la cabeza y lanzándolo por los aires. Los excursionistas se bajan apurados, como si finalmente comprendieran a qué han venido, no a este mundo sino a esta playa; como si finalmente cayeran en cuenta de que están muy lejos de su casa, pero muy cerca del 2016.

Ilustraciones de Rosa Alvarado, AmeliaRueda.com