La líder

Fotografías: Jose Díaz

“Yo sembré un árbol de sauce llorón”, cuenta Natalia.

“Como no había acera ni calle, lo sembré en una orillita de la tapia que yo misma construí al frente de mi casa, en Los Guido de Desamparados. Cuando los de la municipalidad llegaron a arreglar las calles, me dijeron que había que cortar el árbol porque estaba en el espacio de la acera".

"Yo estaba viendo que también había montones de tapias metidas en ese espacio. ¿Ah, sí?, les dije. Creyeron que estaban hablando con una ignorante. No sabían con quién se estaban metiendo".

"Bueno", les dije. Ustedes cortan el árbol, pero van a tener que botar las tapias”.

Es una tarde de finales de julio, envolvente y luminosa. En la enorme casa señorial de Barrio Amón, muy cerca del viejo zoológico Simón Bolívar, hay un segundo piso con un balcón interminable que da a un patio lleno de árboles. “Cas”. “Aguacate”. “Llama del bosque”. “Uruca…”

Natalia enumera las especies asomada a la baranda como si fuera una estudiante de botánica. “Roble-sabana… Guarumo… Laurel de la india… El guarumo es un árbol de montaña, no sé cómo sobrevive en esta jungla de cemento”.

En el espléndido caserón también hay una cafetería en la que sirven el café acompañado de tiritas de toronja, que no por estar confitadas dejan de ser amargas. Natalia las mastica con emoción.

“Yo he sembrado árboles para que los pájaros tengan qué comer”, explica.

“En mi patio sembré un pavón, un dama y muchas amapolas”.

–¿Cuánto mide tu patio?

–Como 30 metros.

Lleva el pelo medio suelto, pulseras aquí y allá, un llamativo reloj color fucsia y un ramillete de cadenitas y plumas negras guindando de las orejas. El escote de su vestido amarillo coincide con la desinhibición de los tirantes, que destapan lo que Natalia nunca luce muy tapado: unas carnes exuberantes y morenas, como si las usara para sacarle brillo al verano.

“Tengo mucha sangre aborigen... ¿Por qué no me pusieron un nombre aborigen?”, dice de pronto. “Puesta de solCanasta de barro... Canasta de mimbre… Soy una persona muy nacionalista. Me gusta mucho la historia costarricense, la música popular costarricense, los pueblos costarricenses, la comida costarricense…”

Natalia siempre carga una mochila diminuta y eso le da un aire escolar, travieso. Cualquiera diría que un confite se le quedó pegado en la espalda.

"A mí, hasta las mujeres me vuelven a ver”, exclama.

Este último comentario es completamente cierto.

II

“Al día siguiente me fui a la Sala IV”, prosigue Natalia. “Llegué hasta el mostrador y le dije a la mujer que estaba ahí: Mire señora, yo quiero poner un recurso de amparo. ‘Busque una hoja y un lapicero’, me dijo. Al final, me tuvo que dar solo el papel porque yo siempre ando lapicero. Redacté como dos hojas, pero mientras iba escribiendo, me empecé a acordar de todos los problemas de la comunidad".

“Así que, además de decir que si querían botar mi árbol también iban a tener que botar las tapias, puse que tenían que obligar a la gente a poner caños y bajantes. La verdad es que aproveché y también puse un Recurso de Amparo contra la Municipalidad de San José, por el estado de las aceras”.

III

La primera vez que la ví, en los alrededores del Mercado Borbón, Natalia llevaba un vestido rosado a la altura de los muslos, con una especie de corazón lanzallamas estampado con el lema Heartbreaker (rompecorazones). Ese primer encuentro quedó inmortalizado con un inusual retrato que le hizo un amigo de ambas: el fotógrafo Jose Díaz.

¿Por qué la foto no tiene cabeza?, preguntó entonces.

Porque no todo el mundo hace bien su trabajo, respondí.

Las ironías, Natalia las entiende todas.

Tiene la lucidez altanera de quienes han tenido que aprender rápido y ferozmente, a salto de mata, sin vocación para los traumas. “La educación que tengo, yo sola me la di”, recalca.

Natalia Barrantes sabía leer cuando llegó a cursar primer grado en una recóndita escuelita de un pueblo conocido como La Gamba, cerca de Piedras Blancas, en la Zona Sur, adonde fue trasplantada de raíz desde Puntarenas. Aprendió por su cuenta con un pedazo de periódico que alguien dejó sobre una mesa. La maestra no lo podía creer. Dice que aún tiene la imagen del papel arrugado, y se recuerda a sí misma tratando de descifrar cada letra con la guía de su dedito.

Recuerda que se levantaba sola para ir a clases, que avanzaba descalza por el camino y que usaba la ropa del día anterior, ya que nadie estaba realmente comprometido con su alfabetización y mucho menos con las normas de etiqueta. “Vivíamos en un ranchillo con las gallinas y los chanchos. Yo era feliz”, dice.

De ella y su hermana menor se ocupaba su abuela materna, porque ya no quedaban otros rastros filiales. Sus tíos varones, amos del núcleo familiar, eran una jauría despiadada a la hora de los castigos y los golpes.

Los 51 años de Natalia se acomodan en una personalidad risueña, inquisitiva, atípica.

Le encantan las novelas ultrarománticas de la escritora ultraconservadora Barbara Cartland, y en la biblioteca de su casa hay libros de Carmen Lyra, Carlos Salazar Herrera y Carlos Luis Fallas. Los leyó todos.

“¡Me gusta tanto leer! Yo hasta compraba un especial de La Prensa Libre de todas las personas que se habían muerto en el año. Lo compraba solo para ver y leer”.

Últimamente, gracias a la computadora que le regaló su hija menor, también se ha vuelto adicta a Youtube. Lo último que encontró fueron las canciones del clásico argentino Elio Roca, su favorito, y también el video del hombre con el pene más grande del mundo, y la de la mujer con las tetas más descomunales. Se ríe con ganas porque descubrió que el semental de origen canadiense no encontraba pareja para practicar sexo anal. “Pobrecito”, comenta.

Natalia tiene expertis en esos temas, pues trabajó más de 10 años en el proyecto La Sala. Empezó, quizá, en el 91 y terminó, tal vez, en el 2005. No recuerda las fechas exactas, pero lo que sí recuerda perfectamente es que empezó como voluntaria y terminó como asalariada.

“En La Sala había dentista, trabajadora social, doctora”. También recuerda que este proyecto, cuyo objetivo era empoderar a las llamadas “poblaciones en riesgo”, se cerró por falta de fondos y entonces cientos de mujeres perdieron posiblemente la única oportunidad que iban a tener en su vida de recibir talleres de computación, salud reproductiva, autoestima, nutrición, aeróbicos.

“Llegaban trabajadoras sexuales de todo San José y hasta de Puntarenas y Limón”, cuenta.

De sus tres hijos, solo Camilo, el menor de 11 años, aún vive con ella. Asegura que no le queda más remedio que traerlo a mecate corto, pues muchos de sus compañeros de escuela ya empezaron una intensa carrera en las drogas y demás costumbres punzocortantes.

IV

“Dicen los chinos que el sauce llorón es el árbol inmortal”, matiza Natalia. “¿Usted sabía que si le corta una ramita y la pone en tierra o agua y al momento ya tiene raíces? Mi árbol ya tenía como 15 años”.

–¿De dónde sacaste tanto conocimiento “arborícola”?

–Soy lo que dicen “autodidacta”. Soy muy observadora, pero no solo de árboles, también de animales.

–¿Este qué animal es?, le pregunto, señalando al fotógrafo Jose Díaz, que hoy también nos acompaña.

–Homo Sapiens.

–¿Estás segura?

–Rata de dos patas.

V

“Finalmente, me dieron las copias del recurso”, concluye Natalia. “Me di cuenta de que el recurso había llegado a la municipalidad por los vecinos, porque les empezaron a botar las tapias. Como a los ocho días de haberlo presentado, se empezó a cumplir la sentencia, pero al cabo de dos años, aún no han terminado de botar las tapias, es decir, de obedecer a la Sala IV, pero yo sé por qué... ¿Sabe por qué? Porque muchos síndicos y funcionarios de la Municipalidad tienen sus propias tapias en medio de la acera”.

–¿Y tu sauce llorón?

–El árbol no lo botaron. No todavía.

El tiempo queda suspendido en acontecimientos mínimos. Al día le queda poco que ofrecer. Los árboles se han vuelto invisibles por la oscuridad y sobre la mesa no queda ni una gota de café.

“Uno es responsable de los problemas de este país, y de las soluciones”, dice Natalia, como por decir algo.

Se hace un silencio. Hemos hablado de tantas cosas. Quizá estamos a punto de volver a empezar.

“¿Sabés?”, dice. “A veces la gente no me cree que yo sea puta”.