La puerta grande

Costa Rica 2 - México 1
Goles: Bryan Ruiz (25'), Oribe Peralta (29'), Álvaro Saborío (65').

Este arpón de alegría que atraviesa al país no admite objeciones. Era un partido, un deporte. También algo más. Una metáfora. El hemisferio derecho del cerebro. Eso que se merece un país cada tanto.

Noventa minutos de fútbol que a la vez son otra cosa. Intangible, etérea, que toca fibras adormecidas por la contingencia y el pragmatismo. El momento en que el fútbol deja de ser un deporte y se convierte en una alegoría, en algo mayor.

El Estadio Nacional lleno. Graderías de aficionados enfundados en capas de plástico transparente. El fantasma de la estadística histórica con el Tri. Una sección de mexicanos que vinieron a lo mismo. Valientes, a acompañar a los suyos. El derecho al júbilo en algo tan azaroso como el deporte. Visto así, no solo no está mal, es trascendente.

Arrancó el partido bajo una lluvia casi retórica, como efecto dramático. La gramilla mojada de La Sabana acelerando el balón. La Selección de México salió a jugar empujada por la presión solidaria de su país y el reclamo de la prensa. La de Costa Rica, detonada por una empatía que estos muchachos nos han enseñado, fechas atrás, a recobrar.

Antes de los 2 minutos, Oviedo tenía ya una tarjeta amarilla. Al 6” la Sele no regalaba espacios a los mexicanos que querían adelantar su línea ofensiva. Un inicio intenso.

Temprano, la Sele manifestó su condición de casa, Yeltsin seguro al medio, Oviedo alimentando a Ruiz (Bryan con Bryan) y Gamboa empezando a figurar en un partido en el que iba a ser protagonista. Al 15 avanzó desde atrás como una locomotora, poniéndole nombre a esa lateral que iba a ser suya el resto del partido y, ganando la línea final, cruzó un pase geométrico hacia atrás que levantó la guardia de la zaga del Tri.

Pero era México el que estaba enfrente, ese rival gigante al que no derrotábamos aquí desde el 92, y la suma de sus individualidades no daba para relajarse.

Al 17” llegaron al gol que invalidó el central guatemalteco por un offside.

La Sele no entregaba la posesión del balón y, en un partido veloz de ataque tico y respuesta mexicana, habíamos pestañeado y ya estábamos en el minuto 20.

De Peralta, Márquez y Ayala nacían los balones mexicanos que terminaban en el área tica. Pero morían en Navas. Ese bastión de confianza que tenemos atrás.

En un avance por la derecha, Campbell habilita a Bolaños que la sirve incómoda a Ruiz, que, ya dentro del área, recibe de cabeza, peleando con el experimentado Márquez, y se la acomoda -girando en un eje coreográfico- en la derecha para fusilar a Ochoa. Era el minuto 25 y el estadio y el país dejaban salir ese grito contenido de las tres letras termonucleares. El balón estaba todavía abombando la red cuando ya ningún tico tocaba el suelo.

El Tri no había venido a pasear.

Tres minutos después Peña le trazaba un pase aritmético al Chicharito que enfrentó y perdió con Navas, pero Peralta no perdonó el rebote y conectó un zurdazo recto que despertó el horizontal antes de entrar.

La Sele no se encogió. La vocación ofensiva era clara. en los tres cuartos de cancha arriba generábamos peligro. México hacía lo suyo con nuestra línea de atrás. Un partido acelerado, de apostar todo.

Gamboa ya jugaba un partidazo cuando al 39 se escapaba desde atrás para llegar a la línea de fondo y cruzar un pase de la muerte que no se pudo concretar.

Llegó el medio tiempo. Los 22 jugadores bajaron a los camerinos y en los celulares se cruzaban preguntas sobre la tabla de clasificación. Como si esto fuera trascendental. Porque por un instante es una representación de algo mejor. Porque en un momento específico algo que es pequeño y lateral relativiza y nos alivia de lo grande y omnipresente.

El segundo tiempo cambia el signo del partido. La tensión desemboca en más roces pero sin caer en el cálculo y el resultadismo con que la FIFA envenenó al fútbol. Se mantuvo el partido veloz y progresivo de la primera parte.

La tribuna entera, de un estadio lleno, cantaba. El alimento del fútbol. Y de pronto, Saborío (que reemplazó a Ruiz) entrega balón a Campbell que se inclina a la derecha y cruza a Gamboa que corre endiablado hacia la línea de fondo y eleva una hiperbólica de vuelta a Sabo. Cerca de la frontera del área pequeña, Saborío se suspende en el aire y cabecea como si estuviera dando lecciones, como en cámara lenta. Así se cabecea. Así tijeretean las piernas en el aire para dar impulso al pivoteo de torso, y así se sigue la pelota con la mirada para darle con la frente que gira al recibirla y le da dirección. Es el cuerpo pensando.

La celebración del primer gol tenía algo de rencor. Este segundo fue euforia, octanaje puro de alegría. Ya no era dedicar energía contra México, esta era celebrar a los muchachos. El Tri no se dobló. Y la Sele no se echó atrás.

Navas nos salvó de avances de Jiménez. Ochoa a México de una triangulación que terminó en Bolaños.

Ya para el 80” el banquillo de México había sacado la calculadora. Panamá ganaba y los dejaba fuera del repechaje. El Tri se volcaba sobre el territorio tico y dejaba espacios libres, jugando a todo o nada. Hasta que, a kilómetros de San José, EE.UU empataba y de seguido superaba a Panamá en los minutos finales y México accedía, indirectamente, al repechaje.

Pero la labor estaba hecha. Caía en nuestra casa el rival histórico de la región. La Sele, ya clasificada, jugó movida por otro combustible que la estadística. Jugó impulsada por lo que está fuera del deporte.

La Sele termina con la frente en alto. Vamos para Brasil. Se termina el fantasma del 92. Clasificamos por la puerta grande. Recordemos siempre el motor de este partido.

Fotografía: FoxSports.com