La Sele encuentra el gol en un estadio de béisbol

Cubiertos por el domo de la duda, mirando por detrás del hombro al fantasma del poco peso ofensivo, llegó la Selección Nacional de Costa Rica a la calurosa ciudad de Santo Domingo para cumplir con una fecha FIFA y para afinar el equipo que enfrentará en eliminatorias Brasil 2014 a uno de nuestros némesis regionales, el equipo de EE.UU.

El Estadio Quisqueya en la capital dominicana fue transformado para 90 minutos de un deporte de poca relevancia para los civiles locales. Administrado por la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana, en este estadio se puede tomar ron y cerveza.

A las 5 pm, a las 5:30, a las 6. El espectador promedio, grupo al que pertenezco, fue víctima de la confusión. A las 5 se encendió la tele en mi casa y tuve que tirarme la telenovela. La señal parecía venir por barco.

El partido en la sala con amigos frente a una tele de rayos catódicos. Ya arrancada la transmisión, en la diligencia de los himnos, lo que primero valoramos como un avance violento de la miopía, astigmatismo y/o presbicia, supimos, aliviados, que se debía a una cámara que registraba el partido de fútbol a la distancia que se registra uno de béisbol.

¿Qué decir del primer tiempo? Si este era el experimento previo a los partidos clave que se avecinan, se nos estaba apagando el mechero Bunsen. Fuera de la alegría boba de ver a los hermanos Ruiz jugar juntos, la Sele era una masa fofa, sin columna vertebral, como un pollo sin huesos, que no encontraba la manera taladrar la defensa de un equipo dominicano visiblemente amateur. Los uniformes del equipo local tenían números de diferente tipografía.

La Selección de República Dominicana mostró, en esa primera mitad, una defensa bien plantada, un equipo decente, sin teatro ni mala intención y con una delantera unicelular. Un sparring digno pero limitado.

Pero la Sele, como esos peces cuyo tamaño depende de las dimensiones de la pecera que los contiene, parecía el equipo espejo. Tejeda, Borges y Ruiz filtraban balones a un McDonald poco bélico.

Nuestra defensiva ya era un tema superado, eso pensábamos hasta que en el 20”, el Pipo González devolvió un balón al jugador equivocado, el dominicano Peralta que entraba al área grande y recibió el regalo con un remate recibido por la mano de Oscar Duarte que no sancionó el árbitro.

Con un fútbol devaluado, se extendía el primer tiempo. Uno pensaba ya en otras cosas, la lista del super, pagar recibos, devolver películas al videoclub. Llegué a extrañar la telenovela.

Terminaban los primeros 45” y teníamos una defensa con goteras, una ofensiva precaria y EE.UU. ya había goleado a su rival europeo.

Los pesimistas ya pensábamos en Rusia 2018 cuando arrancó el segundo tiempo. Pero algo pasó en los camerinos y el cambio de actitud fue contundente. Al 47”, Yendrick le sirve un balón encendido a Celso Borges que remata cruzado al palo contrario del portero Lloyd. El partido cambia de signo.

McDonald le saca la billetera a la defensa dominicana y le pone electricidad a uno de los tres palos. Entra Víctorel Mambo Núñez y por unos minutos, antes de disiparse en la nada, se convierte en agente del peligro.

Esto es lo que queríamos ver, la Sele inclinada hacia adelante, buscando el marco de Lloyd. Esa secuencia de Calvo a Junior Díaz que se roba la línea y traza un pase aritmético de la muerte a Celso Borges que anota de nuevo esta vez con la zurda, la de subirse al bus.

García, el corpulento 3 dominicano, que parece sacado del rugby, estrena a Pemberton con un tiro directo. Pero para entonces los cambios de Pinto, Herrera y Castillo, conectados al trifásico desde que entraron, ya tienen trillo en el corazón del área caribeña.

Núñez le pone medio gol a Pablo Herrera que la incrusta en la red al 77”. Diego Calvo habilita a Castillo que recibe en movimiento, cambia de eje y anota con la derecha.

Se rescató un partido (y confianza ofensiva) en el segundo tiempo contra un sparring honrado pero menor.

EE.UU. le puso presidentes a Dominicana.