La suerte está techada

La muchacha que acaba de comprar cuatro ramos de “siete yerbas” en el tramo El Socorro para que toda su familia se bañe el último día del 2013, no quiere dar su nombre. Mueve la cabeza y arruga la boca. “Dudo mucho que alguien quiera hablarle de eso”, dice. Sin embargo, la joven –unos 28 años, jeans, camisa blanca, bolso negro con abalorios y anteojos de sol en el pelo– sí está dispuesta a revelar que el asunto del baño es una tradición familiar y que ella sería incapaz de poner su efectividad en tela de duda, pues nunca le han faltado ni el amor ni el dinero ni la salud.

“Eso sí, tienes que bañarte pidiendo puras cosas positivas, como prosperidad, que te vaya bien en el trabajo”, argumenta. “Hay gente que le echa esencias. Tú puedes hacerlo como tú quieras. También está el baño de las manzanas: se les pone clavo, canela y anís de estrella…”

El dependiente asiente de vez en cuando. Ha estado tan atento a la conversación que envolvió los rollos de follaje con el periódico del día. La chica se despide, diciendo: “Nosotros siempre se lo compramos a él”.

“Él” es Alexis Castillo, de 55 años, patrón de El Socorro y heredero de un frondoso imperio medicinal: “Tenemos casi 40 años de estar aquí y tenemos mucha clientela, gracias a Dios”. En su esquina, además de cientos de plantas curativas y hojas para tamales, vende flores de santa lucía, ruda, “siete yerbas”, arreglos, inciensos, oropeles y salvia virgen: todo para la suerte.

“Las famosas siete yerbas son albahaca, yerbabuena, romero, ajenjo, mirto, ruda, artemisa… que es prima de la manzanilla. Si uno se lo tomara en vez de echárselo encima, resolvería problemas digestivos”. En boca de don Alexis, la receta suena bonita, inocente: “Un litro, un ramito; cada ramito, mil colones”.

La receta se repite en prácticamente todos los herbolarios a la redonda, con más o menos candor.

En el Mercado Central de San José, una veintena de negocios se dedican a vender plantas medicinales y, los últimos días del año, intensifican la venta de lo que ya de por sí ofrecen normalmente: yerbas “para riegos y baños” y “arreglos” para colgar detrás de las puertas. La decoración es una romántica promesa de beneficios incalculables.

Los herbolarios son el centro de una tradición que busca, mediante rituales y amuletos, procurarle al portador buena fortuna y abundancia, pero no son los únicos: en estas fechas, prácticamente todo el Mercado Central es un gran almacén de talismanes.

La variedad de agüizotes depende de la imaginación y creencias del usuario, y por eso en cientos de tramos abundan velas, inciensos, granos, semillas, flores, ajos, sales, perfumes, pociones, plantas medicinales, herraduras, nigüentas, nidos de macuá…

De venta obligatoria en los herbolarios, los “arreglos” son una sabia mezcla de plantas y objetos. Por lo general llevan sábila, eucalipto, oropel, ciprés, espigas, ajos, salvia, romero y cintas de colores rojo (para el amor), verde (para la salud) y amarillo (para el dinero). Un simulacro de herradura, un nido de macuá o un perfume no solo incrementan su poder sino su costo.

“Se lo voy a poner así”, dice Alberto Araya, de 32 años. “No es brujería, es algo tradicional, como ver la nigüenta. Los abuelos usaban la herradura en la puerta: es igual con estos ramos”. Alberto atiende las necesidades de los clientes del Yerberito Indio, un tramo que parece el Amazonas envuelto en lazos. Para él, este año la venta no ha sido buena. No todavía. Dice que no pierde la esperanza, porque su producto –la fe popular– no es perecedero.

“Para los agüizotes y los arreglos se usan plantas dulces y plantas amargas, pero no le puedo decir la combinación porque ese es mi secreto", dice Alberto. "Normalmente, lo que la gente utiliza es la santa lucía, el ciprés, el eucalipto, las hojitas de mirto y los oropeles. En el caso mío, con eso hago los arreglitos para despedir y recibir el año. Le pongo cintas de colores pero otros le agregan trenzas de ajo o una matita de sábila, que simboliza a la mujer”.

Doña Aura Lila Espinoza, vecina de Lagunilla de Heredia, ya estaba convencida cuando se acercó al matorral que se desplegaba ante sus ojos. Aunque lo hubo, no hizo falta el persuasivo discurso del vendedor, Alfredo Araya, ni las ambiguas promesas de descuento. Ella sabía lo que quería y lo tomó.

“Ahora es por la tradición, pero ese es nuestro trabajo todo el año”, explican a coro los tres varones que atienden el tramo San Gabriel, una muestra variopinta de la estirpe Araya: padre, hijo y sobrino.

Los tres Araya coinciden en que la gente sale en busca de su agüizote el día de la víspera de año nuevo o el mismo 31 de diciembre pues, como buenos ticos, lo dejan todo para el final.

Ante la pregunta definitiva de si los agüizotes funcionan, el consenso es inapelable. Sí. Claro. Por supuesto. Cómo no. Inmediatamente, una milésima de duda encoge los hombros de vendedores y clientes, protegiéndolos del fanatismo radical, al menos en apariencia.

Desde el tramo El Socorro, sin embargo, llega la reflexión milagrosa. “Algo hay porque si no la gente no lo comprara”, sentencia don Alexis. “La voz del pueblo es la voz de Dios. Dicen”.