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Los centinelas de la platina​

​Debajo del puente del río Virilla, un sexteto de hombres cuida la platina

Alejandro Castillo y Kenneth Rivera jamás se hubieran imaginado que sus primeros oficios de guachimán y pastelero los conduciría por una autopista donde se tropezarían con unas platinas pegadas como un parche en el puente del río Virilla, ubicado en la autopista General Cañas.

Estos dos jóvenes, más Danny Rodríguez (que no quiso ser entrevistado), componen el trío diurno que cuida con recelo el puente, las estructuras que lo sostienen como un esqueleto de cemento macizo, varillas herrumbradas y andamios rojos, así como la legendaria platina que será recordada con un resabio de humor negro.

Pero la historia de esta lámina de metal no es un chiste ni una anécdota inocua. Tampoco es irrelevante permanecer durante 12 horas debajo de un puente; sentirlo cimbrar como si temblara las 24 horas del día, escuchar el constante vaivén de los vehículos como alma que lleva el diablo y aguantar el ventolero, la lluvia y el frío, en un espacio cuyas paredes son unas enormes columnas de concreto y las laderas de un cañón donde al fondo fluye el río Virilla.

Aunque Kenneth y Alejandro ríen sabrosamente cuando se les pregunta si los molestan o hacen bromas por cuidar el puente que periódicamente está en el ojo del huracán noticioso y es fuente de estrés y mal humor de los choferes, ambos se toman muy en serio su labor.

A estos centinelas, la absurda imposibilidad de los gobiernos y las empresas constructoras de resolver un asunto básico de infraestructura vial de carácter imperativo, les ha permitido obtener su sustento diario al ser contratados por la empresa Control Monitoreo para, precisamente, monitorear el puente y la platina.

Por eso, seis días a la semana se levantan a las tres de la madrugada -cada uno en su casa, aunque pareciera que los despierta la misma alarma-, para llegar puntualmente a realizar la primera ronda, con ojo atento y en estado de alerta para detectar cualquier situación fuera de lo común.

A lo largo de la jornada, los imprevistos pueden ser desde que alguien llegue a pedir agua para ponerle a un carro varado, hasta que ocurra un accidente de tránsito, o que la platina se descomponga. Incluso podrían ocurrir las tres cosas a la vez.

Es ahí cuando entran en acción, piden refuerzos a la Policía de Tránsito o dan aviso a los encargados de la empresa constructora Codocsa para que tome las medidas del caso.

Alejandro tiene 22 años y Kenneth 26. Hace 4 meses, el primero es uno de los guardianes de la platina, y el segundo, hace 15 días.

El primero vive en Hatillo 8; no terminó el colegio y antes de cumplir la mayoría de edad, su oficio de cuidar carros le permitió ahorrar dinero para seguir formalmente el llamado vocacional en el trabajo de seguridad.

Fue así como pagó un curso básico de 72 horas, sumados a 15 días de preparación en psicología; también aprendió a usar la escopeta. Para andar pegada el arma al cuerpo, Alejandro está en regla, y dijo con un tono tranquilizador que tiene los títulos de portación y que la utiliza solo en casos extremos.

"El arma se saca cuando la vida está en peligro", afirmó como si fuera un mandamiento más, y al parecer en lo que lleva de ser guarda de seguridad en ese puesto, la suya no lo ha estado, ni la de nadie.

Kenneth tiene los ojos de un café diáfano. Es bueno con la palabra, y relató con soltura que su residencia está en Ipís de Guadalupe, es soltero pero vive en unión libre, ha procreado dos hijos, cada uno con una pareja distinta, y su hija menor fue dada a luz hace 7 meses.

Trabajó durante 13 años en Villa Pastel, ubicada en Barrio Cuba, en donde se capacitó en el oficio de amasar el pan nuestro de cada día y de hacer caer en tentación a los golosos con los queques y la repostería para el cafecito de la media mañana o la media tarde.

La entrevista a estos dos guardianes de la platina fue cerca del mediodía. El sol estaba casi en el cenit, y al ver hacia arriba, los rayos blancos se colaban entre una hendija del puente.

Los carros seguían pasando y la estructura seguía cimbrando. El viento era inmisericorde y raspaba la cara con su fuerza. No llovía, lo cual alegró a Alejandro, quien explicó que entre las paredes se cuela el agua.

Para inclemencias, el seguro los cubre con capas y sombrillas. Para los días ventosos y fríos, guantes y calentadores; para la lobreguez de la noche una gran lámpara -una luminaria- que asemeja a una jirafa con cuatro ojos enormes. A la par y sin mesa de noche esta el 'chantecito' donde se sientan a esperar a que pase el día.

"12 horas emplatinados", bromeó Kenneth, y Alejandro le hizo la segunda. Entre los dos provocaron una bulla inusual en ese lugar de todos y de nadie. Un lugar donde afirmaron no saben cuánto tiempo permanecerán porque siempre están arreglando la platina.