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Navidad a carretilladas

​En una pequeña comunidad de la Península de Nicoya no hacen falta grandes carrozas para cargar espíritu de la época

Aquí no hacen falta glamorosas carrozas con figuras embarradas de escarcha por todo lado y tropas musicales entremezclando los tradicionales villancicos con las tonadas empachosas del último año.

Aquí no hay un gran despliegue de cuerpos policiales vigilando y televisoras que no se pierden el más mínimo movimiento para capturarlo en cámaras.

Aquí ni siquiera hay pavimento en las calles, y tampoco hace falta, pues la Navidad se carga con la fuerza de los brazos empujando un cajón con una sola rueda.

Se trata de La Tigra, pequeña comunidad de la Península de Nicoya separada de Jicaral por 5,9 kilómetros de piedras y curvas, donde sus vecinos ilusionados con tener un festival de la luz encontraron la solución en los carretillos de los jardines de su vivienda.

La líder comunal, Elizabeth Rodríguez, contó que del comité de seguridad surgió la idea de decorar esta herramienta de trabajo con elementos alusivos a la Navidad y lucir por el vecindario sus más creativas creaciones.

En 2015 fueron tres los carretillos que se pasearon por La Tigra. Tres años después, incrementó a 13 las pequeñas carrozas que participaron en este desfile a escala llevado a cabo este domingo por la noche.

Muñecos de nieve, pastoras, portales, Santa Claus y renos son los tripulantes de estos carruajes que compiten entre el titilar de las luces multicolores y el rechinar de las llantas con el suelo.

La ruta incluye bajadas y cuestas que ponen a prueba la fuerza de los orgullosos dueños de los carretillos, quienes en ningún momento se arrepienten de haber encaramado cuando chunche se encontraron en sus carretillos pese al esfuerzo que representa alguna piedra que se encuentran en el camino.

Como muchos pueblos en Costa Rica, la mayoría de los tigreños comparten vínculos sanguíneos con sus vecinos, por lo que el desfile concluye en la casa de doña Rafaela, la abuela de la comunidad que desde hace muchos años no puede salir de su casa.

Al final del recorrido, los participantes comparten bocadillos, ven juegos de pólvora, rezan, bailan, conversan y ríen. Sin darse cuenta quedan contagiados del espíritu navideño que llevaron hasta allí a punta de carretilladas.