Para qué existe el plenario cuando existen los pasillos

Fotografías por: Gloriana Jiménez

El molote está apenas para un selfie. Ujieres, diputados, periodistas, asesores y políticos de todas las terminaciones van y vienen por el salón que desemboca en el plenario legislativo. Más que caminar, lo que cuesta es respirar.

A las 10 de la mañana, hace un calor de los mil diablos y la única forma de evitarlo es refugiarse en la calle o, para no contrariar a los invitados, en los elegantes salones del Castillo Azul, después de los jardines.


Claro que lloverá, pero mientras tanto, todo se cocina alrededor de ese lobby asfixiante, a puertas muy cerradas, convirtiendo la espera en un auténtico caldo de cultivo. Que nadie diga que los diputados no se ganan el salario con el sudor de nuestras frentes.


Lo que en realidad sucede, no es lo que se ve, pero lo que se ve, sí es lo que parece: un caos. ¿Qué es aquello? La reunión –si es que aquello se le puede llamar así– es un híbrido entre velorio, turno y talk show.

Cada cinco metros hay un set de televisión y, cada dos, una estrella, o por lo menos alguien con el vestuario de una.


Además, el “circo político” con que los mismos políticos suelen nombrar este tipo de autorretratos, se materializó con las carpas que la prensa instaló en los alrededores del edificio, con la excusa de la noticia fresca y la transmisión en vivo. Así que debajo de los toldos, analistas y presentadores tratan de ofrecer su mejor ángulo, aunque les toque sostener el montaje con un ejercicio olímpico de retórica o con ejercicios de alta especulación y, sobre todo, con el maquillaje en su lugar antes de que llegue el aguacero, por aquello del frizz.

Durante toda la mañana, en la Asamblea Legislativa lo único que sucede es la espera. Un embarazo fugaz, pero embarazo al fin. Sin embargo, para los nuevos diputados del Partido Acción Ciudadana, la espera es más que un ejercicio espiritual. Pasan de un lado a otro, agitados, abriéndose campo, arreando gente. De vez en cuando, para reconocerlos, hay que sacar el brochure donde, como en un menú, la Asamblea imprimió sus caras, nombres y procedencias. Los del Partido Liberación Nacional, que ni se sabe cuáles son –a excepción de las excepciones– deben estar abanicándose en alguna oficina con aire acondicionado.

Los periodistas cuchichean sin soltar sus teléfonos inteligentes. Los políticos desaparecen detrás de las puertas. Las galletas, vuelan. Se supone que todos estamos aquí por lo mismo –la elección del nuevo directorio legislativo–, pero casi al borde del mediodía no se sabe si aquello es una negociación fallida o un espectáculo alargado.

Finalmente, a las 11:35 a.m., empieza la sesión. Todos los diputados y las diputadas ocupan su curul, pero no porque sea su primer día de trabajo, sino por puro interés. Lógico. La primera votación de la mañana decidirá quiénes conformarán el nuevo directorio legislativo, es decir, quien controlará la agenda, el presupuesto, los viajes, los permisos, las comisiones… El primero en presentar su candidatura es el diputado del PASE, Óscar López, quien deja escapar frases célebres: “Yo tengo que ser responsable con los 80 mil costarricenses que votaron por el pase. Yo dije que no iba a votar por el PAC ni por el PLN. Voy a votar por mí. Tal vez solo obtenga un voto". Los representantes de los demás partidos también usan la palabra. En sentido estricto, ninguno abusa. Ya tendrán tiempo para eso.

A las 12:12 p.m. se procede al escrutinio de los votos. El economista Henry Mora, del PAC, es el nuevo presidente del plenario. Fin del primer acto. Se cierra el telón. ¿Cómo se llama la obra? Para qué existe el plenario cuando existen los pasillos.