¿Por qué leer a los Clásicos?

Hay que evitar el ruido que hacen los medios antes de un Clásico como este. Hay que llegar con las manos limpias, sin los gérmenes de la publicidad, sin el monóxido de carbono de la FIFA y sus subalternos, sin el tañido hueco de los necios.

Este partido entra en una categoría ulterior, reservada para los Clásicos de Clásicos: esos donde 22 jugadores vuelven a la esencia de un deporte que es mucho más que la suma de todos ellos. Son los 90 minutos de hombres movidos por la intuición, la memoria corporal y el vigor mental. Jugadores impulsados por el combustible que los alimentaba cuando jugaban en el barrio, aún sin nombre, sin cálculo, sin patrocinador. Lo que en otros partidos se llama disciplina táctica, aquí se llama efecto sorpresa.

Los rivales históricos que llegaban bien afinados, la contingencia de una cancha prácticamente neutral, dos técnicos exjugadores de la icónica selección de Italia 90, y un domo de neblina que fue cubriendo el estadio silenciosamente, a la velocidad en que se mueven los continentes.

Antes de empezar, este Clásico prometía. Pero nadie esperaba el espectáculo de fútbol y coraje que presenciamos.

A la cancha salieron los equipos en la tradicional formación de dos hileras. La de los alajuelenses sin niños. Se dedicaban canciones la barra saprissista -gradería sur- y la alajuelense -en la norte-. Los DT, Ramírez y González pensaron lo mismo y apostaron por la línea de tres atrás y dos puntas adelante. En un choque de equipos equilibrados en fuerzas, la solución iba a ser responsabilidad de lo que los entendidos llaman “individualidades”.

En los primeros diez minutos el juego fue fragmentado, interrumpido por faltas, balones parados, saques de banda. Debajo de la neblina se movían dos rivales que se temían, dos equipos unidos-por-el-espanto. Hasta que, poco a poco, apoyado por la base rítmica de Porfirio López y Ariel Soto atrás, Ariel Rodríguez empezó a emerger como una de las principales figuras de la Liga Deportiva Alajuelense.

Al minuto 12, habilitado por un pase profundo de Sánchez, Rodríguez le puso un centro perfecto a Jerry Palacios que remató de cabeza y le puso electricidad al horizontal de Donny Grant. La Liga daba el primer paso hacia la conquista de los primeros 40” minutos del Clásico.

De ahí en adelante, los manudos fueron afianzándose en la cancha y Ariel Rodríguez corría tirado hacia la izquierda en estado de gracia, entregando balones, dibujando centros, mareando a Jordan Smith.

Saprissa no encontraba a Tejeda, y los rojinegros se multiplicaban del medio campo hacia adelante. Y pasó lo inevitable: un balón bombeado al área que le pasó por encima a Palacios, fue conectado con potencia por un Kevin Sancho que apareció desde atrás, encarrerado y suspendido en el aire. Hasta ese momento, no se sabía cuántos alajuelenses había en las graderías. Era el minuto 22.

Los morados quisieron reaccionar, defender su “casa” pero Pemberton también estaba tocado por la gracia. El borrador de la niebla avanzaba sobre el estadio y hacía desaparecer la gradería este y sectores de la cancha.

Al 28”, Kenneth García contrarremataba dentro del área, primero por abajo y con derecha que rechazó Grant, luego con zurdfa y arriba, que no rechazó nadie. La Liga se echaba el Clásico a la bolsa. O eso creíamos todos.

O casi todos, porque al 39” Barquero con remate atómico desde fuera del área, al 42” Ramírez de cabeza (con asistencia de Barquero) y al 44” Barquero de nuevo, le dinamitaban los planes de un descanso tranquilo a los liguistas. En cinco minutos, el Deportivo Saprissa reclamaba el Nacional como casa y mandaba a las duchas a un equipo diferente al que ganaba 2 a 0 unos minutos atrás.

Con un 3 a 3, los doctores de ambos equipos tendrían que haber recetado clonazepán tieso y parejo. Si el partido terminaba aquí ya había superado por mucho la expectativa de los más duros. Pero, otra vez, eso no pensaban los jugadores, los montescos y capuletos que no cedían un milímetro en la gramilla natural del estadio en La Sabana.

González y Ramírez, los DT, apostaban por cambios ofensivos, Escoe, Madrigal, Castillo, y Alpízar. Poder de gol en cada variante. Y si bien era a Saprissa al que le correspondía el señorío del segundo tiempo (Escoe perdonó en dos oportunidades), fue el recién ingresado Alpízar, ese delantero de fierro, ese perro del gol, quien anotó en remate que se escurrió debajo de los brazos de Grant y entró en cámara lenta mientras se encendía en llamas eufóricas la hinchada rojinegra. Al 88”, la Liga se iba arriba de nuevo.

Quedaban dos minutos.

Los saprissistas redoblaron esfuerzos y Pemberton se fue haciendo gigante, salvando balones que tenían la marca de agua de gol. Hasta que en el filo del final del partido, en el 90”, Diego Estrada hacía enloquecer a las graderías abombando la red manuda y volvía a equilibrar un marcador que quedaría así para la Historia del Fútbol Nacional. Así, con mayúsculas.

Un partido más grande que un partido. Dos equipos que fueron la representación de la historia que los respalda. Chapeau, señores. Hay que saber leer a los Clásicos.