Samba pa ti

Esta no es la crónica de un partido. Es la fotografía de una espera que se extendió de Kingston a Tegucigalpa. De las 6 de la tarde a las 9 de la noche. Mientras escribo, se escucha la caravana de carros, pitos y gritos jubilosos que cruzan Zapote hacia la fuente de la Hispanidad. Aquí en casa suenan esas pequeñas detonaciones de la alegría que son las botellas destapándose.

Esta noche tiene dos mitades. Repasemos la primera: Kingston, Jamaica. Un estadio clase A, gramilla perfecta rodeada de una pista donde corren los mejores velocistas del mundo. La selección de Jamaica salió a defender su casa, con un fútbol veloz sostenido por unos alineación corpulenta. Pinto apostó por el mismo equipo que derrotó a EEUU el viernes, salvo por dos puestos que no podían jugar por doble amarilla (Pemberton y Calvo) y Junior Díaz por Oviedo.

El fútbol no es aritmética. Ganarle a EEUU no significaba golear a Jamaica. Y de esa prueba se encargó el equipo de casa. La Sele no logró nunca apropiarse de la media cancha, esa zona neuronal del fútbol. Los jamaiquinos, aunque ya sin posibilidades de clasificación, no llegaron a entregar el partido.

Todo lo contrario. Y los ticos se enteraron temprano que los anfitriones no venían con un saco para los goles.

En pasajes del primer tiempo, Costa Rica pudo adelantar el juego de la frontera de la media para adelante. Pero tampoco pudo empujarlo ahí por mucho tiempo.

De todos modos, a diferencia del partido del viernes, hoy no esperábamos un desempeño vengador, confiábamos en un resultado.

El segundo tiempo arrancó con una selección jamaiquina pompeada. La Sele bombeando balones a imposibles a Campbell, como aquel segundo tiempo contra EEUU.

Al 75’, las estadísticas mostraban 7 tiros de esquina para Costa Rica contra 1 de Jamaica. Y entró allí el factor Honduras. ¿Cómo podíamos imaginar, antes, que Honduras, nuestro némesis regional, jugaría a favor nuestro?

Honduras anotaba contra Panamá, allá en Tegucigalpa, y nos metía en el Mundial. Y Brenes, que había entrado de cambio, con un remate que entró en cámara lenta nos ponía arriba en el marcador al 74’. Estábamos ya en Brasil y así se celebraba.

Pero en el 90”, Anderson nos devolvía a la historia futbolística nacional, paralizando a un Pemberton abandonado por su defensa. Jamaica empataba el partido y nos sacaba, en ese momento de Brasil 14.



Al pitazo final, empatados 1 a 1, dependíamos de terceros. Cambiamos de canal para ver a una Panamá aguerrida que empezaba a doblegar a los anfitriones en Tegucigalpa.

Un segundo tiempo entero de panameños y hondureños de los que dependía nuestra clasificación.

Palacios nos devolvió la alegría a la 20:23. Los mensajes de texto iban y venían entre amigos y familia: ¿clasificamos o no? Los canaleros, titanes, dominaban el partido en Honduras y en la tele se dividió la pantalla.

De un lado, el vestuario tico en Kingston; del otro, el partido en Tegucigalpa. Panamá empató, 2 a 2, en el 90 y subió el ritmo cardiaco en todo Costa Rica. Pero terminó el partido en otra ciudad centroamericana y nos entregaban el boleto a Brasil.

Sufrimos y costó. Vale más. Nos vemos en Brasil.