Una mañana en el espejo

CrónicaRealidad y ficción se vieron las caras durante la primera proyección de la película Presos, en la cárcel Puesto 10, en San Rafael de Alajuela

Todo lo que rodea el gimnasio es un mar de hombres dispersos en una plaza. Algunos juegan futbol, conversan en grupos o simplemente aguardan quién sabe qué. Un poco más lejos están los rifles y las alambradas y, más allá, una nube de calor capaz de sofocar cualquier intento de lluvia.

La mañana apenas empieza, pero avanza perfectamente dividida en dos bandos: unos llevan uniforme y otros no; unos vigilan y otros son vigilados. La vida en la cárcel es así de simple, pero antes de tomar partido, lo mejor es tomar asiento, porque el interior del gimnasio ya está repleto y quedan pocas sillas.

El director de la película acaba de llegar. Si no fuera por su aspecto, su atuendo y los destellos de su barba entrecana, Esteban Ramírez pasaría por uno de los internos, porque coincide en edad, en altura y posiblemente hasta en peso, pero el cineasta no está ahí para ser examinado sino para finiquitar su trabajo. “La película se completa hoy”, reconocerá más tarde, ante el micrófono, agradecido con la audiencia.

Es la primera vez desde su estreno, el pasado 3 de setiembre, que Presos se proyecta en una de sus principales locaciones: el Centro de Atención Institucional de San Rafael de Alajuela, mejor conocido como Puesto 10, una de las cárceles de La Reforma. Muchas de las escenas de la película se filmaron ahí, hace ya más de un año.

Para quienes no la hayan visto o intuido, de eso se trata la película, de presos, y no de “privados de libertad”, como se les llama en dialecto oficial.

De los 1.000 reclusos que descuentan pena en Puesto 10, deben haber venido unos 300. Muchos ya estaban guardados cuando se filmó la película y, si no participaron directamente, cuando menos estuvieron al tanto de los acontecimientos. Algunos ya salieron y otros ni siquiera habían llegado que, de haberlo sabido, a lo mejor se apuraban.

Antes de que empiece la función hay otro acto: la firma de un convenio entre el Ministerio de Justicia y Paz y la Universidad Nacional. Varios jerarcas ofrecen discursos breves. Hay aplausos. Hay emoción. También hay una hora de atraso.

Jóvenes, viejos, flacos, panzones, con gorra, sin pelo, greñudos, tatuados: de todo hay entre el público, desde muchachos con cara de bebé hasta ancianos prematuros. Deben estar acostumbrados a esperar o agradecidos de que algo les cambie la rutina o ambas o ninguna, pero lo cierto es que aquel auditorio tiene un aire solapado, como a colegio con sobredosis de ritalina.

La excepción surge, claro, cuando descubren en su radio de acción a alguna mujer, o cualquier cosa que se le parezca, sea fotógrafa, reportera o ministra. Esa cercanía provoca un violento bisbiseo que sí dan ganas de medicar, pero con bisturí.

A las 10 de la mañana finalmente se apagan las luces. El gimnasio queda en penumbra y el público ni respira. El título se proyecta sobre la pantalla. Todo va sobre ruedas hasta que la cosa se pone romanticona entre dos personajes –Victoria y su novio Emanuel–, y esa quitada de blusa despabila a las graderías que, a esas alturas, ignoran que lo que acaban de ver será lo más explícito que verán en toda la película.

Por ahí se oye un grito conmovedor: “¡Enfermazos!”.

Sería una función como cualquier otra si no fuera porque el calor también empieza a oscurecer los sentidos. Poco a poco, la cálida atmósfera se transforma en ecosistema, en vivero, no en vano la cercanía con La Garita.

La mayoría resiste el sofoco y no se mueve de su silla. Presos transcurre mientras el sonido de la cinta reverbera como en una olla, reventado a ratos, sin que se puedan distinguir los parlamentos de los actores.

Al público le pela. Sigue adelante, heroico, ajeno a detalles técnicos o caprichos estéticos. Es difícil determinar si el argumento logró atraparlo, pero se escuchan vítores cada vez que aparece una cara conocida, o cada vez que una escena transmite lo que ellos mismos viven a diario: las interminables requisas el día de visita, un partido de futbol en la plaza, una sesión de boxeo a puño limpio, el gimnasio…

Cuando uno de los personajes le pide “cacao” a la protagonista, la reacción no se hace esperar: los espectadores se burlan como niños, se revuelcan en sus asientos, gesticulan, participan. Ellos no pueden verse, pero son la segunda parte del filme.

Más adelante, en una escena de un pleito entre dos presos, se quedan mudos. No saben lo que va a pasar y, bueno, no pasa nada, pero su silencio le regala toda la tensión dramática a la escena.

Cuando aparecen, palabras como “puta” y “mierda” son dignas de celebración, lo cual prueba que el sonido no está tan malo y que la sorda soy yo.

Solo la hora de almuerzo es capaz de sacarlos del trance cinematográfico. Entre el bochorno, el hambre y la digestión, muchos han desertado, aunque son tantos, que todavía queda público para el último tramo.

La cara lacrimógena de la protagonista ocupa la pantalla segundos antes de que aparezcan los créditos finales. Se acabó la película y vuelve la luz. ¿¡DIAY!?, gritan algunos.

Los espectadores se lanzan miradas desconcertadas, pero inmediatamente arrancan con un gran aplauso. Ni tontos que fueran: el aplauso también es para ellos.

Fotografías:

Gloriana Jiménez