Vaya tranquila, mi reina

Fotos: Gloriana Jiménez

El partido Costa Rica-Inglaterra arranca con puntualidad británica y, a nuestro alrededor, todo está listo para que la cosa mejore: un enorme toldo blanco en una terraza sin techo, ocho mesas redondas con manteles largos –rojos y azules–, una fila de televisores y un escuadrón de meseros que también vienen con ganas de darlo todo.

No hay una esquina que no tenga cámaras, trípodes, globos y banderines de papel. Sobre cada mesa también hay combustible suficiente para alimentar la ansiedad. Tazas de maní y platones de papas tostadas. La casa de la embajadora británica, Sharon Campbell, está tomada por otros embajadores, periodistas, ministros, delegados, representantes. Habrá unas 80 personas muy bien portadas. Las cervezas y las botellas de vino son parte del tráfico de influencias, pero aunque La Sele ya está en el terreno de juego, en aquel salón decorado primorosamente parece que estamos a punto de transmitir un baby shower.

Como es de día, trabajo y placer no se confunden. La mañana es tan cálida como los apretones de mano y los besuqueos que interrumpen levemente la transmisión. Nadie parece muy conmovido por lo que está ocurriendo allá en Belo Horizonte y, aunque aún es pronto para sacar conclusiones, parece que una cosa es la diplomacia y otra cosa es la afición. Por experiencias en vidas anteriores, puedo asegurar que las cantinas son los únicos lugares donde el futbol es un ritual sagrado, en el que se observa la pantalla porque se reza con los ojos. Y se bebe para quedar en carne viva cuando se anota un gol. Y fin del cuento.

Poco a poco, los invitados empiezan a comprometerse y a seguir la bola que rueda por el Estadio Mineirao y que ahora repica en los siete televisores que están sembrados en aquella terraza de Escazú. Los periodistas y fotógrafos circulan por ahí como si no tuvieran paz en ningún ángulo, buscando emociones que aún no existen. Han pasado 20 minutos y seguimos sin goles.

Los comentaristas señalan que el Mineirao está lleno. Cualquier noticia viene de la pantalla, y la más importante es que los ticos siguen jugando como caídos del cielo. Dos minutos después, viene el cobro de un tiro libre a favor de Costa Rica. El maní empieza a ganar atractivo. Casi inmediatamente, le llega el turno a las papas. El menú confirma que estos ingleses sí que saben de futbol.

De una de las mesas brota un grito: ¡Vamos Chiqui, por Cartago! ¡Cartago vive! Por allá le responden: ¡Muñeco, muñeco! Conforme avanza el encuentro, el vociferante pachuco hace lo imposible por despabilar a las masas, pero a esas masas les sobra educación y les falta tierra.

El pachuco empieza a actuar a intervalos de veinte minutos, más o menos, porque se le olvida que es el único representante de su raza y entonces grita cuando se acuerda. Y así termina el primer tiempo. Sin goles. Con un pachuco menos.

Tras el receso, hay caras nuevas: algunos exministros y menos periodistas. Lo mismo pasa con la comida: cada vez hay más angustia y menos papas. Muchos están de pie, pero hay demasiados hablando inglés. Al minuto 14 sale el Chiqui y entra Bolaños. Analizo la cara del pachuco para ver su reacción, pero la soledad cambió sus prioridades.

Los minutos se hacen eternos. Queda clarísimo que estos muchachos que hoy defienden como fieras la camiseta roja, son los mismos que mañana darán su alma por jugar en la liga inglesa. Ellos, su alma, y los clubes, sus millones. O sea, lo mismo. Pero ni allá se concretan los goles ni aquí se perciben los tragos. Ni las amenazas de gol contra el marco nacional descomponen a estos aficionados.

Juro que esta mañana no he escuchado una sola palabrota. Parece que todos estos ticos estudiaron en la escuela británica. ¡Qué bonito! ¡Qué agradable ver el partido con personas tan peinadas! Y para demostrarles que no es lo mismo ganar que perder, la próxima vez habrá más guaro y menos té. Dios mío. Necesito una barra, un tubo. Algo.

Lo único que llega es el minuto 44 con la certeza de que un partido sin goles es como una mañana sin sol, como un beso sin amor, pero también con el gustazo de que ni el equipo inglés pudo arrebatarnos el primer lugar del grupo D.

En este mundial, los ingleses no harán historia, pero pregúntele a los ticos. La primera ronda de la tricolor termina con una verdad: ya nada es imposible.