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31 personas menores de edad son condenadas por homicidio cada año en el país

​Violencia, pobreza y abandono: una triada que enfila a niños y adolescentes hacia el crimen

El arma fue un bate de béisbol; la razón, una deuda por drogas; el homicida, un adolescente de 17 años.

Todo se salió de control, no sabe porqué empezó a golpearlo con ese salvajismo –ese no era el plan–, cuando cayó en cuenta de lo que estaba haciendo ya era demasiado tarde… la víctima yacía en el suelo, arrojaba espuma por la boca, convulsionaba.

Esteban, cuando piensa en el asesinato, cuando cuenta la historia… se recrimina, siente cólera, ganas de devolver el tiempo.

“¿Cómo pude ser tan idiota?”, se recrimina, como si hubiese cometido el crimen ayer.

Él cuenta su historia desde el Centro de Formación Juvenil Zurquí, mejor conocido como cárcel de menores. Ahora tiene 23 años, los últimos 4 (lo detuvieron y condenaron a los 19) ha estado privado de libertad.

La suerte de Esteban la comparten cientos de jóvenes.

Entre el 2012 y el 2016 (datos más actuales) un total de 156 personas menores de edad fueron condenados en los Tribunales de Justicia por homicidio, lo que da un promedio de 31 cada año.

La cifras fueron procesadas por AmeliaRueda.com a partir de cuadros estadísticos del Poder Judicial. Para el análisis se contemplaron tres tipos de delito: homicidio simple, homicidio calificado (en circunstancias agravantes: a un familiar o cónyuge) y homicidio culposo (aquel que se comete faltando al deber de cuidado; por ejemplo al conducir un vehículo).

Menores condenados por tipo de homicidio

Por tratarse de personas menores de edad al momento de cometer el delito, la condena no puede ser mayor a los 10 años. La pena, de tal forma, en la mayoría de los casos es más de la mitad de tiempo de lo que estos adolescentes llevan con vida.

El fiscal adjunto penal juvenil, Omar Jiménez, calificó de preocupante la cantidad de jóvenes que cometen homicidios.

Aunque en los 5 años que contempló el estudio de los datos no se refleja un incremento significativo, Jiménez asegura que cada vez es más común este tipo de delitos, incluso asegura que se ha "normalizado", es decir, que ya no generan alerta.

Violentados, usados

¿Cómo una persona se convierte en asesino antes de estrenar cédula? El ministro de Seguridad, Michael Soto, da la explicación policial.

Soto detalla que hay organizaciones criminales que, dentro de sus acciones, reclutan a personas menores de edad para realizar labores pequeñas dentro de la estructura, por ejemplo transportar droga, realizar pagos, alertar de la llegada de policías a un determinado lugar.

Según Soto, quien hasta hace tres semanas era el jefe de la Oficina de Planes y Operaciones del Organismo de Investigación Judicial, cada banda criminal tiene en promedio a dos personas menores de edad en sus filas.

En ocasiones, el papel de los adolescentes trasciende las labores menores; los muchachos, utilizados por las cabecillas de las bandas, son empleados como vendedores de drogas, cobradores de dinero o incluso sicarios.

Con Soto coincide el fiscal adjunto Omar Jiménez, quien resalta que las estructuras criminales cada vez son más organizadas y han entendido que reclutar jóvenes para cometer delitos es práctico y rentable. "Son (los adolescentes) más impulsivos, mas influenciables, no miden las consecuencias de sus actos... es más fácil convencer u ordenar a un muchacho ir a matar a alguien que a un adulto", indicó.

Justo eso fue lo que le pasó a Esteban (no publicamos sus apellidos para resguardar su identidad).

Tras dedicarse a la venta de drogas desde los 15 años, y hacerse la reputación "de malo" en Playas del Coco, Guanacaste, le tocó ir –por encargo de su jefe– a reclamarle una deuda a un cliente que, según narra el muchacho, consumía cocaína como aspiradora. Al final el cobro terminó en asesinato.

Su jefe, cuenta Esteban, era un tipo adinerado, metido en muchos enredos, extranjero… incluso “la misión” se la encomendó desde Europa vía Skype. Fue ese mismo sujeto quien lo introdujo al narcotráfico.

Abandonados, empobrecidos

¿Cómo una persona se convierte en asesino antes de estrenar cédula? La sicóloga experta en niñez y adolescencia, Elizabeth Ballestero, da la explicación social.

“¿Se puede medir el daño que se le hace a otros si nunca hemos sido amados, si desde chiquitos nos dicen que no servimos para nada, si nos golpean, maltratan si entendemos que la violencia es la norma?”

Con esa reflexión, la especialista razona la falta de empatía y solidaridad que existe en las personas menores de edad que cometen un homicidio. “¿Qué puede tener ese niño en el corazón, si solo ha sufrido humillación en su vida?”, resalta.

Para Ballestero, la violencia, la pobreza y el abandono trazan el destino de los jóvenes hacia la delincuencia.

Ella señala como responsables a la negligencia familiar, la falta de oportunidades, la inacción estatal...

Con esa explicación, sin conocerlo, Ballestero explicó el caso de Esteban. Él narra que vivía casi como un mendigo junto a su padre, en pobreza extrema, y que este lo echó a los 10 años de la casa. Desde ese momento tuvo que arreglárselas solo y ganarse la vida a como podía: empezó asaltando, luego brincó a vender droga, hasta que se convirtió en homicida y terminó en la cárcel.

“Yo no tengo absolutamente a nadie, nadie viene a verme, mi tata era un vago que no le gustaba trabajar y mi mamá se murió cuando yo tenía dos años”, cuenta el muchacho.

En el Centro de Formación Juvenil Zurquí a los muchachos se les obliga a estudiar, les dan talleres de manejo de emociones, los preparan en oficios. Todo esto, detalla, su directora, Kattia Góngora, tiene como finalidad evitar que vuelvan a caer en la delincuencia cuando queden libres.

No obstante, Góngora reconoce que la tarea es dura, los muchachos ya están marcados, sus delitos son como un tatuaje social y emocional que los acompañará de por vida.

Esteban, quien fue condenado a 10 años en prisión, espera salir en cuatro años, cuando haya pagado 8 años de su pena, esto si le otorgan una reducción por buen comportamiento.

Mientras ha estado privado de libertad, Esteban terminó el colegio y está estudiando administración en la Universidad Estatal a Distancia. “¿Qué qué quiero hacer?, lo que sea pero estar alejando de ese mundo que no deja nada (la delincuencia)”, dice y luego regresa a su celda.